Trescientos euros por veinte metros cuadrados
La dificultad de encontrar piso en Vigo
«O tienes un contrato indefinido, un aval y pagas por adelantado tres meses o no te alquilo el piso. Tienes que comprender que vivo de esto y el mercado es el mercado». Así de contundente se muestra la propietaria de un inmueble, sito en la calle Urzaiz de Vigo, con un estudiante que busca un techo donde vivir mientras que cursa tercero de económicas en el Cuvi.
A. V. lleva dos semanas en la ciudad tratando de buscar un piso donde pasar los próximos nueve meses. Todas las mañanas ojea los periódicos locales y emplea dos bolígrafos. El verde sirve para localizar los inmuebles que se ajustan a sus pretensiones económicas; el rojo se emplea en los casos que son «potencialmente interesantes». Una vez finalizada la sesión se encuentra con el siguiente resultado: cinco círculos verdes y diez rojos. El resto, sencillamente se le escapan de su posibilidades. Comienzan las llamadas.
Un anuncio certifica un piso de una habitación como de «centriquísimo, a cinco minutos de El Corte Inglés. 330 euros». La realidad: está a la entrada de Coia, los 330 euros se convierten en 360 a los que hay que añadirles el agua y luz. Precio final 400 euros. Siguiente llamada.
«Al lado de la estación de ferrocarril, buenas vistas y amueblado. 225 euros». El futuro economista aplica sus conocimientos y se dice «Ésta es mi oportunidad». Marca el número de teléfono.
Al otro lado de la línea se pone una señora que por su voz roza los 80 años. El potencial Pedro Solbes le explica su situación económica y se compromete a cumplir las normas tanto de pagos como de comportamiento cívico. Pero la señora, y después de una lección de la situación macroeconómica del mercado en Vigo, que dura en torno a los siete minutos le responde que si no le entrega una nómina, un aval y tres meses por adelantado no hay trato. Y añade: «El precio incluye sólo una habitación con baño y derecho a cocina, ya que yo vivo en el piso». Él le pregunta: «Tengo que compartir el piso con usted?». «Así es», responde la jubilada. El atónito estudiante se pregunta «¿Vivir con la superabuela? Ni de broma». Acto seguido cuelga el teléfono.
Después de 20 minutos de llamadas, la paciencia de este estudiante es similar a la del socio del Real Madrid cuando ve jugar al equipo de Capello.
A. L. se siente engañado y estafado. Lo que aparece publicado en los medios de comunicación no se corresponde con la realidad. Además se pregunta donde están los más de 20.000 inmuebles que permanecen en la actualidad vacíos en Vigo.
Un amigo le propone anotarse en la bolsa de alquiler de la Xunta. «Ni de coña. Mi hermana se anotó hace seis meses y tiene lista de espera para un año como mínimo, dice con tono de resignación el estudiante de Económicas.
La gota que colma el vaso de la paciencia es que muchos pisos anunciados en los periódicos remiten a una inmobiliaria. Uno de estos centros se encuentra en Policarpo Sanz. Allí, una chica muy amable explica un montón de maravillas sobre facilidades en la tramitación de contrato de alquiler, y otras cuestiones. De dinero, por lo de ahora, nada de nada. La sorpresa viene al final de la conversación. Todas estas facilidades tienen un precio por adelantado. 180 euros. «Claro que si no tienes todo el dinero ahora puedes darme 20 o 30 euros ahora y el resto mañana», comenta la responsable de la inmobiliaria. ¿Y sino encuentra lo que busco, me devuelve el dinero?», pregunta el infeliz universitario. La respuesta es de lo más comercial: «Malo será que no haya algo a tu gusto». El hombre resignado se marcha.
Desesperado
Dos semanas de búsqueda, por todo Vigo, desde García Barbón hasta el Cuvi. Nada de nada. Más de cien llamadas y 30 pisos visitados. Cada cual peor. En muchos casos la seriedad y la limpieza dejan mucho que desear. Al final, y mediante un golpe de suerte encuentra un estudio en el Casco Vello. El precio no son los 270 euros que reza en el anuncio. Hay que abonar 275 euros más quince del recibo de la luz, por veinte metros cuadrados de estudio. Menos es nada. Tiene buena pinta. Nuevo, reformado en el centro de Vigo y el arrendatario tiene pinta de ser serio y formal. Sólo un detalle: está un poco sucio y el dueño dice que la limpieza «corre por cuenta del inquilino». Se firma el contrato, te dan la llave, pagas el primer mes y la fianza. Pero esta historia no podría finalizar bien. Al abrir la nevera, un montón de plácidas moscas están dando cuenta de unos filetes que por el olor desprendido deben llevar allí por lo menos dos meses. El cabreo del estudiante es monumental. Limpia el piso y se va a quejar al casero. Le explica, los derechos y obligaciones que tiene como arrendatario. El propietario del inmueble le responde: «Tiene razón, lo siento. Si usted quiere le mando a la señora de la limpieza». El estudiante del Cuvi le espeta: «Me lo dice ahora que estuve cinco horas limpiando el piso».

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